viernes, 10 de diciembre de 2010

Parce que

Amalric


Ayer estuve mirando fotos familiares y descubrí un parecido bastante extraordinario entre Otto y su abuelo. Wow, qué cosa tan rara, siendo familia. Sí, pero es que me doy cuenta con los años que las semejanzas discurren por caminos inescrutables (amén), que los gestos, los guiños van y vienen, y vienen y van. Ayer vi a un Otto con sesenta años, calvete y entrañable. También vi un parecido extraño entre el abuel de Otto (y por lo tanto, Otto) con mi actor francés favorito, el gran Mathieu Amalric. ¡Cómo me gusta este tipo, pardiez!

martes, 7 de diciembre de 2010

KORT


Kurt Wagner & Cortney Tidwell
“Kort: Invariable Heartache”
City Slang/Nuevos Medios

Con ese aire a grandes espacios trufados de coches repostando en gasolineras abandonadas del medio oeste americano, así se escucha este “Kort: Invariable Heartache”, como una canción de Hank Williams sonando en el Buick que te ha prestado papá, así se disfruta este delicado álbum que hermana la calma vocal del gran Kurt Wagner (Lambchop) con la clásica voz de country “old school” que posee la tal Cortney Tidwell, una casi desconocida cantante de Tennessee. No hay aquí composiciones originales sino doce versiones del catálogo de Chart Records, sello de country fundado en Nashville por el abuelo de Tidwell (Slim Williamson) hará ya medio siglo y actualmente desaparecido, bellas canciones que remiten a la era de Roy Orbison, Patsy Cline o Ricky Nelson. Si bien es cierto que a ratos la suave voz de Tidwell palidece ante las portentosas cuerdas vocales de Wagner (con ese apellido no se juega...), a la postre el resultado final soporta los contrastes con una solvencia sorprendente, y los cortes van sucediéndose al ritmo de esa brisa que acaricia tus pies en el porche de la casa de madera que tienes allá en la pradera. Con la misma aparente poca química que a priori poseen, por citar un ejemplo reciente, Isobel Campbell y Mark Lanegan, se presenta este catálogo de abandonos, soledad y desencuentros facturado por un nuevo dueto mágico a tener en cuenta.


Esta reseña aparece en el nº actual de la revista Go Mag.


lunes, 6 de diciembre de 2010

13 relojes

En el país de los ciegos...

James Grover Thurber (Ohio, 1894-1961) fue un escritor y humorista gráfico norteamericano cuyos trabajos le dieron un lugar entre los mejores humoristas del siglo XX. Trabajó en el Departamento de Estado y de ahí marcho a París, donde trabajó en la edición francesa del Chicago Tribune. Se mudó a Nueva York y trabajó como reportero para el Evening Post. En 1927 se convirtió en escritor y director del New Yorker.


Leo por ahí que Thurber se quedó ciego de un ojo jugando con su hermano. Al parecer, jugando una mañana a ser Guillermo Tell, fue disparado con una flecha y perdió el ojo. Ups. La tecnología médica de aquella época no pudo ayudar a que Thurber siguiera con sus dos ojos, y se quedó tuerto hasta su muerte. Siempre tuvo problemas en clase, en gimnasia y con todo tipo de actividades lúdicas precisamente por esa importante pérdida. Dicen que de ahí vino un desarrollo verdaderamente excepcional de su imaginación, pero no está claro. Un neurólogo que atendió a Thurber varios años después de su accidente dijo que el pequeño James sufría el síndrome Charles Bonnet, una condición que causa complejas alucinaciones visuales en personas totalmente sanas mentalmente pero que han pasado por pérdidas de órganos tan importantes como los ojos. Dicen que al morir, en 1961, de un infarto en su propia casa, sus últimas palabras fueron: “God…God bless…God damm!

Thurber fue el autor de numerosos y exitosos libros que tratan con dureza la vida diaria del hombre común. Entre sus obras destacan: Is sex necessary? (1929), The Owl in the Attic and Other Perplexities (1931), My Life and Hard Times (1933), The middle-aged man on the flying trapeze (1935), Let your mind alone! (1937), Fables of our time (1940), The male animal (1940), The Secret Life of Walter Mitty (1942) su obra más conocida, The thirteen clocks (1950), The Wonderful O (1957), The Years with Ross (1959) un recuento de su trabajo en el New Yorker. Una veintena de sus trabajos literarios fueron llevados al cine. En sus últimos años, ya casi ciego, tuvo que dejar su labor artística.

Me he soplado “Los trece relojes” en una hora de fantástica lectura en el sofá. Escrita en 1950, esta breve historia está escrita con una cadencia sublime. Bravo el trabajo del traductor Joan Eloi Roca, que recrea los juegos de palabras, las aliteraciones y otros trucos lingüísticos -heredados sin duda de Lewis Carroll- con maestría. ¿El argumento? No, no lo voy a explicar. Sólo diré que “La princesa prometida”, de William Goldman, tiene una deuda bastante importante con esta joya de Thurber. Y que aparece un Gólux, un Xingu, y una princesa llamada Saralinda. Ah, y Zorn de Zorna. El prólogo es de Neil Gaiman, otro fan de Thurber, claro. “Los trece relojes” ha sido editada por Ático de los libros.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Omega man


Muy agradable quedarse en el sofá, repantigado entre cojines y Byron, leyendo el nuevo libro de Don DeLillo, y nada más. Me hace pensar en todo-lo-que-quiero-hacer estos días tontos de libranzas laborales en soledad. Bueno, leer y ver todos los capítulos del amigo justiciero, claro.


"La verdadera vida no es reductible a palabras habladas ni escritas, por nadie, nunca. La verdadera vida ocurre cuando estamos solos, pensando, sintiendo, perdidos en el recuerdo, soñadoramente conscientes de nosotros mismos, los momentos submicroscópicos."


Esto lo dice Jim Finley sobre Richard Elster en "Punto Omega", una joya que voy a acabar en breve, y que sé que MJK, J. A. e I. M. están disfrutando también. "Punto Omega" está editada por Seix Barral.

Iván de la Nuez


Ayer conocí a Iván de la Nuez. Luego me conecté a su blog y me estuve casi una hora leyendo sus entradas y apuntando referencias y dándome cuenta de todo lo que quiero leer, aprender, aprehender. Y más que voy a leerlo y seguirlo.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Mppppffrrr...grrrrrrrrrrrrrr...

Es curioso que muchas veces, a pesar de la edad, la supuesta madurez, la templanza, la experiencia, la supuesta sabiduría, pero también la dejadez, la tranquilidad, la autoestima, la risa que hacen las cosas siempre, uno acabe cabreándose como un niño. Una rabieta infantil, una pura y simple rabieta infantil que ni refleja el cabreo ni arregla nada. ¿Realmente cambiamos algo nuestra manera de reaccionar ante las situaciones con los años? Pues no sé yo...