




He pensado que a mi cabeza ovalada le iría bien un sombrero, pero no acierto a saber qué modelo. Luego no me atreveré a encasquetármelo, me dará calor, me dará por saludar a todas las mujeres guapas y entonces nunca estará en mi testa.





Veo bajando por Paseo de Gracia a una suicida con patines mientras el autobús le pisa los talones y ella ni se inmuta. El semáforo cambia a rojo, la patinadora se lo salta y ¡el autobús también! Un skater salta el bordillo de una acera mientras un ciclista lo esquiva y está a punto de jorobarse la cadera sin rechistar. Una moto casi resbala ante un tipo con un longboard en la puerta de mi casa. El motorista -con su Ipod en ambas orejas y un cigarro en una mano- se indigna. Una señora gorda y con muletas se lanza empujando a toda la cola del autobús. Una chica de una ONG me asalta on my way to work y me hace signos para que me quite los auriculares. ¡PERO TÚ TE HAS VUELTO LOCA O QUÉ! ¡PERO ESTAMOS TODOS COMO CABRAS O QUÉ DEMONIOS PASA!
Domingo extraño el de ayer. Resaca, siesta, resaca y dos timbrazos extraños. Me levanto, abro la mirilla y aparece un tipo que no conozco de nada. Un ojo. Miro su ojo porque él mira el mío, o eso creo yo. Silencio, casi me veo reflejado en su ojo. Momento Escher. No digo nada, no dice nada. Me retiro hacia atrás, el parquet cruje. Me congelo. No sé si el tipo sigue allí. Vuelvo al sofá.
Aquí mi malo favorito del noveno arte anticipándose a la primera frase escuchada en "The Wild Bunch" de Sam Peckimpah. Bueno, más o menos.


